La era del ensayo
por Paul Graham
traducción de Alejandro Escalante Medina
¿Recuerda los ensayos que tenía que escribir cuando estaba en la preparatoria? Tema principal, párrafo introductorio, párrafos de soporte y conclusión. La conclusión era, por ejemplo, que Ahab en Moby Dick era una figura similar a Cristo.
Así que voy a intentar contar el otro lado de la historia: lo que en realidad es un ensayo y cómo escribir uno. O por lo menos, cómo escribo yo uno.
Modos
La diferencia más obvia entre un verdadero ensayo y algo que tiene que escribir uno para la escuela es que los verdaderos ensayos no tratan exclusivamente de literatura inglesa. Ciertamente, las escuelas le enseñan a los estudiantes cómo escribir. Pero debido a una serie de accidentes históricos, la enseñanza de la escritura se ha mezclado con la enseñanza de la literatura. Así que a todo lo largo del país los estudiantes escriben no acerca de cómo un equipo de béisbol con bajo presupuesto puede competir con los Yankees, o del papel que juega el color en la moda, o qué constituye un buen postre, sino acerca del simbolismo en Dickens.
El resultado es que escribir se nos hace aburrido y sin sentido. ¿A quién le importa el simbolismo en Dickens? Incluso Dickens estaría más interesado en un ensayo acerca del color o del béisbol.
¿Cómo es que las cosas resultaron así? Para contestar esta pregunta tenemos que irnos mil años atrás. Cerca del año 1100, Europa recobraba el aliento después de cientos de años de caos, y una vez que disfrutaron del lujo de la curiosidad, redescubrieron a los que llamamos “los clásicos”. El resultado fue como si a nosotros nos visitaran seres de otro sistema solar. Estas civilizaciones anteriores eran tan sofisticadas que durante cientos de años el principal trabajo de los escolásticos europeos fue asimilar lo que aquellos sabían.
Durante este periodo el estudio de los textos antiguos cobró gran prestigio. Parecía la escencia de lo que los académicos hacían. A medida que la escuela europea ganaba ímpetu se fue haciendo cada vez menos importante. Alrededor de 1350 alguien que quería aprender ciencias podía encontrar mejores maestros que Aristóteles en su propia era [1]. Pero las escuelas cambian más despacio que la academia. En el siglo 19 el estudio de los textos antiguos era todavía la espina dorsal de la curricula.
Los tiempos habían madurado para la pregunta: si el estudio de los textos antiguos es un campo válido para la academia, ¿por qué no los textos modernos? La respuesta, por supuesto, es que la raison d’etre original de la academia clásica era una especie de arqueología intelectual que no necesita hacerse en el caso de los autores contemporáneos. Pero por obvias razones nadie quiso dar esa respuesta. Si el trabajo arqueológico estaba casi acabado, esto implicaba que aquellos estudiosos de los clásicos estaban, si no perdiendo el tiempo, por lo menos ocupándose de problemas de menor importancia.
Y así empezó el estudio de la literatura moderna. Al principio hubo mucha resistencia. Los primeros cursos de literatura inglesa parecen haber sido ofrecidos por los colegios más nuevos, particularmente los americanos. Dartmouth, la Universidad de Vermont, Amherst y el University College, de Londres, enseñaron literatura inglesa por el 1820.
Pero Harvard no tuvo un profesor de literatura inglesa hasta 1876, y Oxford hasta 1885 (Oxford tuvo un sitio para el chino antes que para el inglés) [2].
La gota que derramó el vaso, por lo menos en los Estados Unidos, parece haber sido la idea de que los profesores debían hacer investigación además de enseñar. Esta idea, (así como el PhD, el departamento y de hecho todo el concepto de la universidad moderna) fue importada de Alemania a finales del siglo diecinueve. Empezando por la Johns Hopkins en 1876, el nuevo modelo se diseminó rápidamente.
La escritura fue una de los afectados. Los colegios llevaban largo tiempo enseñando composición. ¿Pero cómo investigar acerca de la composición? A los profesores que enseñaban matemáticas se les podía exigir hacer matemática original, los profesores de historia podían escribir artículos sobre historia, ¿pero los profesores que enseñaban retórica o composición? ¿Sobre qué debían investigar? Lo más cercano fue la literatura inglesa [3].
Así que al final del siglo 19 los profesores de literatura inglesa heredaron la enseñanza de la escritura. Esto tenía dos inconvenientes: (a) un profesor de literatura no tiene por qué ser un buen escritor, así como un historiador de arte no está obligado a ser un buen pintor y (b) el tema principal sobre el cuál escribir tiende ahora a ser la literatura, ya que es eso lo que le interesa al profesor.
Las escuelas preparatorias imitan a las universidades. Las semillas de nuestras miserables experiencias fueron sembradas en 1892, cuando la Asociación Nacional para la Educación “recomendó formalmente que la literatura y la composición fueran unificadas en los cursos de la escuela preparatoria” [4] La parte relativa a la escritura se convirtió en el Inglés, con la bizarra consecuencia de que los estudiantes de preparatoria debían ahora escribir sobre literatura inglesa; escribir, sin siquiera darse cuenta, imitaciones de cualquier cosa que los profesores de inglés hubieran estado publicando en sus revistas algunas décadas antes.
No por nada los estudiantes encuentran este ejercicio inútil. Ahora estamos alejados tres veces de las obras reales: los estudiantes imitan a los profesores de inglés, que a su vez imitan a los estudiosos de los clásicos, que simplemente heredaron la tradición de lo que, 700 años atrás, era un trabajo urgente y fascinante.
Sin defensa
La otra gran diferencia entre los ensayos reales y las cosas que se escriben en la escuela es que un ensayo real no toma una posición y luego la defiende. Ese principio, así como la idea de que se tiene que escribir acerca de la literatura, resulta ser un remanente intelectual de lejanos y olvidados orígenes.
Frecuentemente se cae en el error al pensar que las universidades medievales eran principalmente seminarios. En realidad eran escuelas de leyes. Y por lo menos en nuestra tradicion, los abogados son evangelizadores, personas entrenadas para tomar una posición u otra alrededor de un argumento y armar el mejor caso que puedan. Ya sea por causa o efecto, este espíritu permeaba las primeras universidades. El estudio de la retórica, el arte de argumentar de manera persuasiva, costituía la tercera parte de la currícula [5]. Y después de la exposición ante el público, la forma más común de discusión era el debate. Esto permanece por lo menos nominalmente en nuestra idea moderna acerca de la tesis de la defensa: la mayoría de la gente considera las palabras tesis y disertación como sinónimos, si bien, originalmente por lo menos, la tesis era la posición que uno tomaba y la disertación era el argumento con el cual uno defendía dicha posición.
Defender una posición es un mal necesario en las disputas legales, pero no es la mejor manera de acercarse a la verdad, como creo que los abogados serían los primeros en admitir. No sólo se escapan muchas sutilezas. El problema real es que uno uno puede cambiar de pregunta.
Y aún así este principio forma parte de la estructura de lo que nos enseñan en la escuela acerca de escribir. El tema que uno elige de antemano es la tesis, los párrafos de soporte son los golpes que uno reparte en el conflicto y la conclusión… ¿cuál es la conclusión? Nunca estuve muy seguro acerca de ella en la preparatoria. Parecía como que debíamos repetir lo que dijimos en el primer párrafo pero con palabras lo suficientemente diferentes como para que nadie se diera cuenta. ¿Para qué molestarse? Pero cuando uno comprende los orígenes de esta clase de “ensayo”, uno puede ver de dónde viene la conclusión. La conclusión son las observaciones finales del jurado.
Un buen escrito debe resultar convincente, claro, pero debe ser así porque tiene las respuestas correctas, no porque uno hizo un buen trabajo de argumentación. Cuando le doy un borrador de uno de mis ensayos a mis amigos, hay dos cosas que me interesa saber: qué partes les resultan aburridas, y cuáles les parecen poco convincentes. Los pedazos aburridos generalmente se arreglan quitándolos. Pero nunca intento arreglar las partes que no convencen argumentando con más astucia. Necesito reconsiderar las cosas.
Por lo menos en algo me expliqué mal. Si ése fue el caso, en el curso de la conversación con mi amigo me veré forzado a presentar una explicación más clara, misma que luego podré incorporar al ensayo. Muy frecuentemente tengo que cambiar lo que estaba diciendo. Pero la idea no es nunca resultar convincente de por sí. Para los lectores inteligentes, el convencimiento y la verdad se vuelven idénticos, así que si puedo convencer a los lectores inteligentes deberé estar cerca de la verdad.
El tipo de escritura en el que uno intenta persuadir puede ser válido (o por lo menos inevitable), pero es históricamente inexacto llamarlo ensayo. Un ensayo es otra cosa.
Intentar
Para entender lo que es un verdadero ensayo debemos remontarnos de nuevo en la historia, aunque no muy lejos esta vez. Hasta Michel de Montaigne, quien publicó en 1580 un libro de lo que él llamó “essais”. Él estaba haciendo algo muy diferente de lo que hacen los abogados. Y la diferencia estaba incluso en el nombre. Essayer es la palabra francesa para “intentar”, y un essai es un intento. Un ensayo es algo que uno escribe para intentar descubrir algo.
¿Descubrir qué? Pues no lo sabemos todavía. Y por eso podemos empezar con una tesis porque no tenemos una, y quizá nunca la tengamos. Un ensayo no empieza con una afirmación, sino con una pregunta. En un verdadero ensayo uno no toma una posición y la defiende. Uno se da cuenta de que hay una puerta entreabierta y la abre y se asoma para ver qué hay adentro.
Si todo lo que queremos hacer es descubrir cosas, ¿para qué escribirlas? ¿Por qué no nada más pensarlas? Bueno, pues ése es precisamente el gran descubrimiento de Montaigne. Expresar las ideas ayuda a formarlas. De hecho, ayuda es decir poco. La mayor parte de lo que termina formando parte de mis ensayos se me ocurre cuando me siento a escribirlos. Por eso los escribo.
En las cosas que uno escribe en la escuela, en teoría, uno nada más se explica frente al lector. En un verdadero ensayo uno escribe para sí mismo. Uno piensa en voz alta.
Pero no precisamente. Así como cuando invitamos gente a nuestro departamento nos vemos obligados a limpiarlo, escribir para que los demás nos lean nos obliga a pensar mejor. Así que sí importa tener lectores. Las cosas que he escrito nada más para mí no sirven de nada. Tiendo a escaparme. Cuando me topo con alguna dificultad encuentro que concluyo con algunas preguntas vagas, me distraigo y me voy a tomarme una taza de té.
Muchas ensayos de los que llegan a publicarse se escapan de igual manera. En especial aquéllos que son escritos para las revistas de moda. Los escritores por contrato envían editoriales del tipo “defienda su posición”, los cuales se lanzan por completo hacia una conclusión provocativa (y prevista de antemano). Por el contrario el staff se siente obligado a escribir cosas más balanceadas. Como escriben para una revista de moda empiezan con las preguntas más controversiales y luego —precisamente porque escriben para una revista de moda— proceden a retirarse atemorizados. El aborto, ¿a favor o en contra? Este grupo dice una cosa, el otro dice otra pero una cosa es cierta: la cuestión es compleja (no se enoje con nosotros, no estamos concluyendo nada).
El río
Hacer preguntas no es suficiente. Un ensayo tiene que proveer resupuestas. Muchas veces fallan, por supuesto. A veces uno empieza con una pregunta que se ve prometedora y no llega a ningún lado. Pero esos ensayos no se publican. Esos son como experimentos cuyos resultados no son concluyentes. Un ensayo que se publica debería decirle al lector algo que no sabía.
Pero lo que le digamos al lector no importa, siempre que sea interesante. A veces se me acusa de divagar. En el estilo de escritura “defienda su posición” eso constituiría un defecto. No importa la verdad. Ya sabemos a dónde vamos y debemos llegar allí cuanto antes, luchando a través de los obstáculos y repartiendo saludos a medida que cruzamos por terrenos pantanosos. Pero eso no es lo que queremos hacer en un ensayo. Se supone que un ensayo debe buscar la verdad. Sería sospechoso que no divagara.
La palabra inglesa para divagar es meander y proviene del nombre de un río en Turquía. Como es de esperarse, este río da vueltas por todos lados. Pero no lo hce por frivolidad. El camino que sigue es la ruta más económica hacia el mar [6].
El algoritmo que sigue el río es simple. A cada paso, fluye hacia abajo. Para el ensayista esto se traduce en fluir hacia lo interesante. De todos los lugares a donde se puede ir, hay que escoger el más interesante. Ahora, uno tiene mucho más visión que un río. Por lo general sé de qué quiero escribir. Pero no conozco las conclusiones a las que quiero llegar. Dejo a las ideas seguir su curso a lo largo de los párrafos.
Esto no siempre funciona. A veces, como los ríos, nos encontramos con una pared. Cuando eso sucede hago lo mismo que los ríos: me regreso. En algún punto de este ensayo, por ejemplo, me encontré con que después de cierto hilo de ideas, éstas se me acabaron. Tuve que regresarme siete párrafos atrás y empezar de nuevo en otra dirección.
Un ensayo es fundamentalmente un tren de ideas, pero un tren de ideas limpio, así como un diálogo es una conversación limpia. El pensamiento real, como las conversaciones reales, están llenas de arranques en falso. Leer algo así sería sumamente cansado. Uno tiene que cortar y rellenar para enfatizar la idea central, como un ilustrador entinta un dibujo a lápiz. Pero no hay que cambiar tanto que se pierda la espontaneidad del original.
Hay que errar al lado del río. Un ensayo no es material de referencia. No es algo que uno lea buscando una respuesta específica, de manera que se sienta engañado si no la encuentra. Preferiría leer un ensayo que se salió de curso en una dirección interesante que otro que haya seguido con obediencia un camino prescrito.
Sorpresa
Así que, ¿qué es lo interesante? Para mí, interesante significa sopresivo. Las interfaces, como decía Geoffrey James, deben seguir el principio de la mínima sorpresa. Un botón que luce como que va a apagar una máquina debería apagarla, no hacerla funcionar más rápido. Los ensayos deben hacer lo opuesto. Un ensayo debe apuntar hacia la máxima sorpresa.
Durante mucho tiempo me dio miedo volar en avión, así que sólo podía viajar a través de otras personas. Cuando mis amigos regresaban de lugares lejanos, no era nada más por cortesía que les preguntaba sobre lo que habían visto. En realidad quería saber. Encontré que la mejor manera de averiguar era preguntarles por aquello que más les había sorprendido. ¿En qué manera era diferente el lugar de lo que ellos esperaban? Ésta es una pregunta extremadamente útil. Uno se la puede hacer hasta a la persona menos observadora y conseguirá información que incluso ellos no sabían que habían registrado.
Las sorpresas no son sólo cosas que uno no sabía, sino que incluso contradicen cosas que uno creía saber. De tal forma que son la más valiosa pieza de información que podemos obtener. Son como comida que no sólo es saludable, sino que contraresta los efectos negativos de lo que ya hemos comido.
¿Cómo encontramos las sorpresas? Ah, pues en eso consiste la mitad del trabajo de escribir un ensayo (la otra mitad consiste en expresarse bien). El truco es ponerse uno mismo en el papel de lector substituto. Sólo deberíamos escribir acerca de temas sobre los que hemos reflexionado mucho. Cualquier cosa que nos sorprenda a nostros, que conocemos bien el tema, sorprenderá con seguridad a la mayoría de los lectores.
Por ejemplo, en un reciente ensayo señalé que como sólo podemos juzgar a los programadores de computadoras al trabajar con ellos, en realidad nadie sabe quiénes son los mejores programadores. Yo no me percataba de esto cuando empecé a leer el ensayo y aún ahora me parece un tanto extraño. Pues bueno, eso es lo que está uno buscando.
Así que si queremos escribir un ensayo necesitamos dos ingredientes: algunos temas sobre los que hayamos pensado lo suficiente y la habilidad para escarbar en busca de lo inesperado.
¿Acerca de qué debemos pensar? Supongo que en realidad no importa. Cualquier cosa puede ser interesante mientras se profundice lo suficiente en ella. Una posible excepción serían las cosas sobre las que ya deliberadamente se ha tratado cada variación posible, como trabajar en el negocio de la comida rápida, por ejemplo. Viéndolo en retrospectiva, ¿qué puede tener de interasante trabajar en Baskin-Robbins? Está bien: era interesante lo importante que resultaba el color para los clientes. A cierta edad, los niños señalan el botecito y dicen “quiero amarillo”. ¿Vainilla francesa o limón? Ellos nos miran con la cara en blanco. Quieren amarillo. Y luego está el misterio de por qué el eterno favorito Pralines’n Cream resulta tan atractivo (ahora creo que era la sal). Y la diferencia entre el por qué los padres y las madres le compran helados a sus hijos: los padres actuando como reyes benévolos derrochando generosidad y las madres dándose por vencidas ante la insistencia. Así que, en efecto, hasta en la comida rápida parece haber todavía material.
Sin embargo en aquella época yo no me daba cuenta de esas cosas. A los dieciseis era tan observador como una pila de rocas. Puedo ver más ahora en los fragmentos de memoria que me quedan de aquella edad de lo que pude ver en todo aquello cuando sucedía allí, en vivo, justo frente a mí.
Observar
Así que la habilidad de escarbar en las cosas para encontrar lo inesperado no fue algo con lo que nací. Debe de ser algo que uno aprende. ¿Cómo se aprende?
De algún modo es como aprender historia. Cuando por primera vez leemos historia todo es un remolino de nombres y fechas. Nada se nos pega. Pero a medida que leemos, adquirimos más datos con los cuales podemos establecer relaciones, lo que significa que vamos acumulando conocimientos a una tasa exponencial, como coloquialmente suele decirse. Una vez que recordamos que los normandos conquistaron inglaterra en el 1066, nos llamará la atención escuchar que otros normandos conquistaron el sur de italia aproximadamente por la misma fecha. Eso nos llevará a preguntarnos acerca de Normandía, y a notar cuando en un tercer libro se mencione que los normandos no eran, como la mayor parte de lo que ahora es Francia, tribus que llegaron a medida que el imperio romano colapsaba, sino vikingos (normando significa hombre del norte) que arribaron cuatro siglos despues en el 911. Todo esto hace más sencillo recordar que Dublin fue fundada por vikingos por ahí del 840. Y así podríamos seguir…
Coleccionar sorpresas es un proceso similar. Mientras más anomalías encuentra uno, más fácil será encontrar otras nuevas. Lo que significa, extrañamente, que a medida que uno envejece la vida se vuelve más y más sorprendente. Cuando yo era niño solía pensar que los adultos lo tenían todo muy claro. Pero era al revés. Son los niños los que lo tienen todo muy claro. Simplemente están equivocados.
En lo que se refiere a las sorpresas, el rico se vuelve más rico. Pero, así como con la riqueza, hay hábitos mentales que ayudan al proceso. El hábito de hacer preguntas es muy bueno. Sobre todo la clase de preguntas que empiezan con “Por qué…” Pero no de la manera aleatoria en la que los niños de tres años preguntan “por qué”. De entre el conjunto infinito de posibles preguntas, ¿cómo encontramos las más fructíferas?
Algo que me resulta especialmente útil es preguntar el porqué de las cosas que parecen estar mal. Por ejemplo, ¿por qué parece haber una conexión entre la mala suerte y el humor? ¿Por qué nos parece gracioso que un personaje, incluso uno que nos agrada, se resbale con una cáscara de plátano? Allí hay lugar seguramente para todo un ensayo lleno de sorpresas.
Si queremos percibir las cosas que están mal, un cierto grado de excepticismo nos resultará útil. Yo tengo como axioma que sólo llevamos a cabo el uno por ciento de lo que podríamos hacer. Esto ayuda a contrarestar esa regla que nos meten en la cabeza a palos cuando niños: que las cosas son como son porque así es como tienen que ser. Por ejemplo, casi todos con los que hablé al escribir este ensayo sentían lo mismo acerca de las clases de inglés. Sentían que todo el proceso parecía inútil. Pero ninguno de nosotros tenía las agallas en aquel momento para sugerir que, en efecto, todo era un error. Todos pensábamos que había algo que no estábamos entendiendo.
Tengo la corazonada de que no sólo hay que prestar atención a las cosas que nos parecen equivocadas, sino a las cosas que nos parecen divertidamente equivocadas. Siempre me complace encontrrar a alguien que se ríe cuando lee una prueba de uno de mis ensayos. ¿Por qué? Porque estoy buscando buenas ideas. ¿Y por qué las buenas ideas deben ser divertidas? Pues la conexión seguramente reside en la sorpresa. Las sorpresas nos hacen reír, y son precisamente sorpresas lo que uno busca ofrecer.
Escribo en libretas las cosas que me sorprenden, aunque en realidad nunca termino por leerlas de nuevo y usarlas en lo que escribo. Simplemente tiendo a reproducir los mismos pensamientos más tarde. El principal valor de las libretas parece ser que el escribir las cosas tiende a asentarlas en la cabeza.
Aquellas personas que prefieren permanecer impasibles, o como ahora solemos todos decir, cool, se encuentran en desventaja en lo que se refiere a coleccionar sorpresas. Ser sorprendido significa haber estado equivocado. Y la escencia misma de ser cool, como lo sabe cualquier chico de catorce años, es nil admirari, o “no sorprenderse de nada”. O sea que cuando estés equivocado no te claves, finjas que no pasa nada y quizá nadie lo note.
Una de las claves para permanecer impasible es evitar las situaciones en las que la inexperiencia lo puede llevar a uno a parecer un tonto. Y si uno quiere encontrar sorpresas debe hacer justo lo opuesto. Hay que estudiar los asuntos más disímiles porque algunas de las sorpresas más interesantes residen en las conexiones inesperadas entre las diferentes áreas. Por ejemplo, el jamón, el tocino, los pepinillos y el queso, que se encuentran entre los alimentos más placenteros, fueron originalmente concebidos como métodos de preservación. De igual manera que los libros y las pinturas.
Cualquier cosa que uno estudie, hay que incluir la historia. Pero la historia social y económica, no la política. La historia me parece tan importante que es un equívoco tratarla como un mero campo de estudio. Otra manera de pensar en ella es como toda la información que conocemos hasta ahora.
Entre otras cosas, estudiar la historia nos da la certeza de que las buenas ideas están ahí, bajo nuestras narices, esperando a ser descubiertas. Las espadas evolucionaron a partir de las dagas de la era del bronce que, como sus predecesoras de la era de piedra, tenían el mango separado de la hoja. Como las espadas eran más largas, los mangos se rompían todo el tiempo. Pasaron quinientos años antes de que a alguien se le ocurriera fundir la hoja y el mango en una sola pieza.
Desobediencia
Sobre todo, hay que hacernos al hábito de poner atención a las cosas en las que no deberíamos pensar, ya sea porque resultan inapropiadas o poco importantes o porque no son las cosas de las que se supone que nos deberíamos ocupar. Si uno siente curiosidad acerca de algo, hay que confiar en el instinto. Hay que seguir las pistas que llaman nuestra atención. Si alguna cosa nos interesa verdaderamente, encontraremos que tiene una extraña manera de atraernos no importa lo que hagamos, de la misma manera en que la conversación de alguien que está orgulloso de algo siempre tiende hacia ese tema en particular.
Por ejemplo, siempre me han fascinado las personas que peinan sus cabellos para disimular su calvicie. especialmente aquéllos que llegan al extremo de verse como si llevaran una boina hecha con su propio cabello. Seguro que este asunto es demasiado insulso para resultar de interés. Es del tipo de trivialidades que mejor dejamos para las adolescentes. Y sin embargo hay algo por debajo de todo eso. Me di cuenta de que la pregunta es ¿cómo no se da cuenta de lo extraño que se ve? Y la respuesta es que el tipo llegó a verse de esa manera de forma incremental. Empezó por peinarse con un poco de cuidado para tapar una pequeña área descubierta y terminó, a lo largo de veinte años, por hacer algo monstruoso. La gradualidad es algo poderoso. Y ese poder se puede usar también con fines constructivos: así como nos podemos engañar para terminar viéndonos como un fenómeno, podemos engañarnos para crear algo tan grande como nunca lo hubiéramos planeado. Se puede empezar por escribir un kernel simplificado (qué tan difícil puede ser) y de manera gradual irlo creciendo hasta convertirlo en un sistema operativo completo. Ahora viene el paso siguiente: ¿podríamos hacer lo mismo con una pintura o una novela?
¿Se ve lo que se puede extraer de una pregunta tan frívola? Si tuviera que hacer na sola recomendación acerca de escribir ensayos diría que no hay que hacer lo que nos dicen. Que no hay que creer lo que se supone deberíamos creer. No hay que escribir el ensayo que el público espera. Uno no aprende nada de lo que ya se espera. Y no hay que escribir como nos enseñan en la escuela.
La forma más importante de desobediencia es escribir ensayos. Afortunadamente, esta forma de desobediencia muestra signos de enorme crecimiento. Solía ser que sólo un número pequeño de escritores autorizados oficialmente podía escribir ensayos. Las revistas publicaban algunos de ellos juzgándolos menos por su contenido que por su autor; una revista podía publicar una ficción de un autor desconocido siempre que fuera lo suficientemente buena, pero si iban a publicar un ensayo sobre cualquier cosa, tenía que haber sido escrito por alguien que tuviera al menos cuarenta años y un cierto título. Lo cual es un problema porque hay ciertas cosas que la gente involucrada no puede decir simplemente porque está involucrada.
El internet está cambiando eso. Cualquiera puede publicar un ensayo en la red, y éste es juzgado, como cualquier texto debería ser juzgado, por su contenido, y no por quén lo escribió. ¿Qué quiénes somos para andar escribiendo sobre eso? Pues somos lo que escribimos.
Las revistas populares hicieron del periodo entre que se extendió el fenómeno de la lectura y la aparición de la televisión la época dorada de la ficción corta. La red podría muy bien traernos la época dorada del ensayo. Y de eso, por cierto, no me había dado cuenta cuando empecé a escribir esto.
Notas
[1] Estoy pensando en Oresme (1323-82), pero es difícil escoger una fecha porque hubo una caída repentina en la cantidad de académicos en cuanto Europa terminó de asimilar la ciencia clásica. La causa pudo ser la plaga de 1347; la tendencia en el progreso científico se aproxima a la curva poblacional.
[2] [2] Parker, William R. “Where Do College English Departments Come From?” College English 28 (1966-67), pp. 339-351. Reimpreso en Gray, Donald J. (ed). The Department of English at Indiana University Bloomington 1868-1970. Indiana University Publications.
Daniels, Robert V. The University of Vermont: The First Two Hundred Years. University of Vermont, 1991.
Mueller, Friedrich M. Letter to the Pall Mall Gazette. 1886/87. Reimpreso en Bacon, Alan (ed). The Nineteenth-Century History of English Studies. Ashgate, 1998.
[3] Estoy condensando un poco la historia. Primero la literatura le cedió el lugar a la filología, que (a) parecía más seria y (b) era popular en Alemania, donde muchos de los principales académicos de la generación se habían entrenado.
En algunos casos los maestros en escritura se convirieron in situ en maestros de inglés. Francis James Child, que había sido Boylston Professor of Rethoric en Harvard desde 1851, se convirtió en 1876 en el primer maestro universitario de inglés.
[4] Parker, op. cit., p. 25.
[5] El currículum para los no graduados o trivium (de donde viene la palabra “trivial”) consistía en gramática latina, retórica y lógica. Los candidatos a maestría estudiaban el quadrivium de artimética, geometría, música y astronomía. Juntas, éstas eran las siete artes liberales.
El estudio de la retórica fue une herencia directa de Roma, en donde se le consideraba el tema más importante. No sería exagerado decir que en el mundo clásico la educación era concebida como la enseñanza que se le daba a los hijos de los terratenientes para que pudieran defender lo mejor posible sus intereses en caso de disputas políticas y legales.
[6] Trevor Black señala que esto no es estrictamente cierto, porque las orillas externas se erosionan más rápido.
Gracias a Ken Anderson, Trevor Blackwell, Sarah Harlin, Jessica Livingston, Jackie McDonough y Robert Morris por leer mis borradores de este ensayo.