Este es un cuentito que escribí hace muchos años y que creía perdido. Ahora que lo recupero, mejor lo pongo en línea de una vez. Ojalá les guste.
Empezó a amanecer. Aún temblando jaló las sábanas y deslizó su cuerpo hasta quedar inmóvil, hundida su cabeza en la almohada. Sus manos se aferraron al borde terso del cobertor. Sobre la piel de su mejilla había corrido, desde la comisura del labio, un hilo de sangre delgada. Delineó con la mirada el contorno oscuro de la cómoda donde yacía húmedo y maloliente, su maltratado vestido. Repasó de nuevo las imágenes de esa noche, los largos callejones perdidos en el vaho de las alcantarillas, la luz apenas suficiente para seguir a la chica que, aunque no la había descubierto, aceleraba su paso cada vez más, mirando aprensiva en todas direcciones. La había acechado desde la estación del metro. La desesperación la había llevado a ocultarse con extremo cuidado, a medir sus movimientos sin perder la silueta apenas recortada contra el fondo negro de las calles.
Por fin creyó encontrar el lugar adecuado. La miró sin vacilar junto a un portón que al parecer, conducía a una vecindad. La alcanzó y adivinó en sus ojos —la luna iluminaba débil sus pupilas— un grito que no alcanzó a sonar. Le golpeó la cabeza con un pedazo de madera que había levantado. El cuerpo se desvaneció pero ella alcanzó a rodearle la cintura a modo de librarla de otro impacto. Por un momento se detuvo cansada, habían sido muchos días de continencia. Miró los largos y brillantes cabellos de la chica. La nitidez de su piel. Siguió la línea de sus cejas hasta la estrecha nariz. Sus manos recorrían por debajo de la blusa que se había levantado, la piel intensa de su espalda. La recostó en el suelo mojado y sacó de su bolsillo una afilada navaja que brilló entre sus muros. Volvió a contemplar su cuello dulce e indefenso, pero finalmente se decidió por la muñeca. La incisión liberó una sangre tibia y salada que bebió con apresuramiento mientras le acariciaba los muslos y el llano del vientre. Con un trozo de su falda cortó la circulación a la altura del antebrazo. La miró por último recostada con las baldosas y besó tímidamente sus labios. Había sido su primera vez.
Segura en aquel cuarto hundido en la alborada, recordó cómo había sido para ella. Cómo Claudia, su adorada, su amiga para siempre, la había mordido, ella sí en el cuello, una noche de luna en que habían terminado ebrias y perdidas en algún hotel desconocido. Recordó su poca resistencia ante esos ojos expertos que habían desvanecido todas sus defensas. Al término de aquella noche, cuando la claridad amenazaba la quietud del cuarto y Claudia se había levantado a cerrar la cortina, ella, enfrentando su nueva condición, le había preguntado:
—¿Qué vamos a hacer con el sol que está entrando?
Claudia, besando su frente y acariciando los puntos morados en su cuello, respondió:
—No te preocupes. Dormiremos con la luz.