Ah, la imposibilidad de conocer al sujeto amado. Nos vemos los rostros, nos tocamos, nos volvemos sensibles a las delicadas maneras del cuerpo y de la mente. Nos hablamos hasta altas horas de la noche proyectando el rompecabezas íntimo de nuestra historia personal en el otro… y aún así, siempre dudamos…
¿En dónde, en el reino de los sentidos, podría depositarse nuestra verdadera escencia? No en la vista, lo sabemos, ese rápido juego de espejos deslumbrantes. Ni en el oído, aunque a veces hayamos creído escuchar a nuestro padre en la voz del más viejo de nuestros hijos. Todos los demás sentidos son ciegos o sordos… ¿o no? ¿Qué tal el olfato, ese sentido lejano, fantasmal, subliminal, erótico, animal y por qué no decirlo de buenas a primeras, francamente fatal?
Si algún día encontráramos la manera de percibir nuestra verdadera escencia, no sólo sería ése nuestro máximo logro. Sería como convertirnos en dioses, portadores de la paz, la belleza y la inocencia, expresiones encarnadas del más elevado amor universal.
Esto es la escencia de mi interpretación particular de la película El perfume. Confieso que no he leído la novela. ¿Cómo la ven? ¿Será? Para maximizar el efecto, prendan un poco de su incienso favorito cuando la vean.
