Para estas alturas quizá ya todos estemos hartos de leer y escuchar acerca de la crisis financiera. Después de todo, el asunto resulta tan difícil de entender para la mayoría de nosotros, que simplemente aceptamos lo que los “expertos” nos dicen por la televisión y los diarios. Nos quedamos callados, no sin una vaga sensación de que una vez más, nos volvieron a ver la cara. Y es que además, ¿qué no la crisis tuvo lugar en los Estados Unidos? ¿Por qué le debería de importar a alguien más? Aún a riesgo de parecer redundante e incluso sin ser experto en el área, me atrevo a ofrecerles un resumen pequeño de lo que entiendo que es el problema y de cómo nos afecta a todos. Como no soy experto en el tema, vuelvo a aclarar, quzá peque de sobresimplifacar las cosas e incluso diga dos que tres cosas incorrectas. Mi intención es ser lo suficientemente claro y acertado como para que cualquiera se forme una idea del problema.

Debido a lo largo del post, lo partí de modo que sólo la introducción se mostrara en la página inicial. Si quieren leer todo el rollo, asegúrense de entrar directamente al artículo picándole aquí abajo:

¿Se acuerdan el principo aquel que dice que uno no puede gastar más de lo que tiene? Es un principio básico que todos parecemos entender al que sin embargo no nos apegamos casi nunca. No lo hacemos porque existe el crédito. Gastamos no con base en lo que tenemos ya sea en el banco o en nuestro bolsillo, sino en lo que esperamos tener en el futuro. De tal manera que nos embarcamos con las tarjetas de crédito, los autos a dos o tres años y, por supuesto, las hipotécas. No es raro que muchas familias destinen una gran cantidad de su ingreso a pagar la mensualidad de la casa, y no sólo eso, sino que esperan estar haciéndolo durante muchos años por venir. Esto es lo que llamamos la deuda.

Pero toda deuda implica un riesgo. El riesgo es, por supuesto, que aquel que se comprometió a pagar el dinero prestado, pues simplemente no lo pague. Sea cual sea la circunstancia. Se puede quedar sin empleo o se puede morir incluso. Este asunto del riesgo es un asunto de probabilidades. Las probabilidades de que la gente se muera de manera súbita son menores en general que las probabilidaes de perder el empleo. Se supone que la gente que presta el dinero, los bancos, las hipotecarias, entienden muy bien de esto. Saben perfectamente cuáles son las posibilidades que tienen de recuperar un préstamo. Sin saber esto simplemente no podrian operar. Perderían su dinero. Y ya sabemos que ellos raramente pierden su dinero, ¿verdad?

Pero bueno. Digamos que una hipotecaria prestó una cierta cantidad de dinero para la compra de varias casas. Digamos que prestó 100 millones de dólares. A una cierta tasa de interés, digamos del 10%, esto equivale a 110 millones de dólares, no es así. Ellos saldrán ganando 10 millones. Eventualmente, es decir, cuando hayan colectado todo el dinero.

¿Pero qué tal ellos quieren dinero ahorita, ya? Pues tienen en la mano los pagarés de todas esas personas que les deben. Esos pagarés valen, como dijimos, 110 millones de dólares, no es así? Bueno, dicen ellos, ¿por qué no negociar estos pagares? ¿Qué tal si los vendemos, obviamente por una cantidad menor a su valor para que haya ganancia para el comprador? Digamos que los vendemos todos por 105 millones. Pues ya ganamos 5 millones, ¿no?

Y entonces ya entramos en el terreno de la especulación. Los financieros agarran la deuda, la convierten en lo que llaman instrumentos de inversión, y los meten al mercado de los especuladores, donde la gente compra y vende estas cosas esperando ganar por algún margen. Ahora, abusados: uno no puede nada más tener un montón de pagarés y esperar venderlos. Los compradores no compran a ciegas, necesitan alguna seguridad de que esos pagarés están respaldados, que esos créditos fueron otorgados a personas solventes en primer lugar.

Aquí es donde entra lo que se llama la calificación de la deuda. Todos estos llamados instrumentos de deuda están calificados. De muy bueno a malo, de seguro a riesgoso o como quieran ustedes. No haremos un estudio riguroso de esas escalas. Pero digamos que uno cuando va a invertir en estos papeles, puede ver un catálogo de lo que se ofrece y mirar en la columna que dice calificación y sonreir cuando ve algo atractivo y que dice, por ejemplo, “AAA”. La triple A significa que la inversión es segura.

Todo bien y bonito. Los que manejaban todas estas hipotecas vendieron la deuda y los inversionistas todos estaban felices comprando y vendiendo y, según esto, ganando dinero con sus transacciones. No había dinero en efectivo pues, sólo promesas de pago. Pero eran felices. ¿Qué salio mal entonces? Simplemente, la deuda no se pudo cobrar. Se especuló y se especuló, se compró y se vendió se subieron y se bajaron los precios de algo que, en primer lugar, no valía gran cosa.

Y es que todo empezó con un error grave: los préstamos hipotecarios se ofrecieron a personas que simplemente no podían pagarlos. Y peor aún, muchas veces se ofrecieron prestamos para adquirir propiedades que por sí mísmas no valían gran cosa. Éstas son las hipotecas que llaman subprime. Prime es bueno, subprime es… no tan bueno.

¿Quién en sus cabales le ofrecería un crédito hipotecario a un desempleado que, por ejemplo, tiene muy pocas calificaciones profesionales? O sea que su perspectiva de encontrar empleo es muy reducida. ¿O quién lo haría para comprar, por ejemplo, una casa vieja de madera carcomida en un suburbio conflicitivo? Estas preguntas son interesantes y no sé si alguien esté intentando responderlas.

Pero como dice el dicho, “piensa mal y acertarás”. Yo creo que a los que ofrecían los créditos esto no les importaba por una simple razón: ellos podían vender la deuda y cobrar su lana. Traspasarle a alguien más el riesgo. En primera instancia, al comprador despitado, finalmente, si todo salía tremendamente mal, al gobierno, y por ende, al pueblo norteamericano.

Pero habíamos dicho que los que compran y venden estas cosas no son despitados en lo absoluto. ¿Cómo cayeron en esto? Pues fueron engañados. A todos estos “instrumentos de deuda” se les calificó muy bien con base en puras triquiñuelas. Esas cosas que sólo los financieros entienden. De modo que los inversionistas se tragaron completito el anzuelo y las deudas incobrables llegaron a rincons insospechados de todo el mundo, no sólo de los Estados Unidos. Fondos de pensiones en Dinamarca, por ejemplo, se vieron afectados al tomar el dinero que tenían (las pensiones de algunos ciudadanos mayores de ese país) e invertirlo en estos bonos basura. Esto a mí me empieza a oler a fraude.

Ahora… esta no es la primera vez que algo así sucede en los Estados Unidos. En 1929 hubo una crisis tal dimensión que todo el mundo más o menos estalló en cólera contra los especuladores financieros. Roosvelt, quien era por ese entonces el presidente, decidió cortar por lo sano y dijo algo así como esto: “el gobierno no va a responder de ahora en adelante por aquellos inversionistas financieros que anden jugando con su dinero, si lo pierden, allá ellos, no se les dará un centavo. El gobierno sólo responderá por aquellas instituciones que le presten su dinero directamente al públíco, es decir para actividades productivas, Y NO de especulación”. Excelente idea, ¿no? Con esto en mente se expidió una ley llamada Glass-Steagall y se pensó que esto no se repetiría. Pero de hace algunos años para acá, específicamente desde 1982, los gobiernos repúblicanos, principalmente, se encargaron de anular esta ley. Sospechoso, ¿no? A mí me huele a más fraude.

Me imagino que en algún momento a alguien se le ocurrió, inocentemente, cobrar la deuda. En vez de seguir pasándola de mano en mano, alguien quizá simplemente quiso comprarse un yate. O una mansión o algo así. O algo así ha de haber pasado porque de pronto todo el chistecito se vino abajo. Los financieroes empezaron a hablar de “enormes pérdidas” y, sin ley que se los impidiera, comenzaron a reclamarle al gobierno para que les pagara lo que habían “perdido”. Palabras más palabras menos.

Aquí entran los rescates. La cosa es sencilla: se hace un enorme escándalo con eso de las pérdidas, tanto escándalo como para que todo el mundo se llene de pánico. Entonces se va con el gobierno y se le dice: “pero si nos das una lana te aseguramos que todo vuelve a la normalidad”. Y el gobierno da la lana. Mucha, pero mucha lana. Y toda esta lana, por supuesto, pues no es nada más billetes que el gobierno imprime. Es lana del pueblo americano. El pueblo, pues, pagó el pato como vulgarmente se dice.

A los mexicanos todo esto nos debe sonar familiar. Nos aplicaron la misma tranza hace algunos años con el famoso FOBAPROA. Los bancos “perdieron” dinero y, pobrecitos, tuvimos todos que entrarle de nuestros bolsillos para que no perdieran sus mansiones.

Porque no se engañen: los que no pudieron pagar sus casas las perderan. Algunas personas sumamente informadas, inteligentes y bien intencionadas, creen que el dinero del rescate debió de ir a parar a manos de los que en primer lugar debían, de modo que no perdieran sus casas, se pagara la deuda y todos felices. Pero no. se especuló tanto con el precio de estos instrumentos que ahora resulta que las “pérdidas” son enormes. Lo que perdió la gente no es nada comprado con esto, claro. Por lo tanto, los beneficiarios deberían ser los especuladores.

Michael Hudson, un analista financiero de Wall Street y presidente del “Institute for the Study of Long-Term Economic Trends” (ISLET) habló en una entrevista para Democracy Now con palabras sumante duras:

AMY GOODMAN: Michael Hudson, estamos hablando de que en este rescate financiero son los contribuyentes quienes pagarán la cuenta. ¿Crees que este movimiento es correcto?

MICHAEL HUDSON: No, es el peor movimiento posible, y nos devuelve a la guerra de clases como si fuera una venganza. Wall Street lleva años preparando esto, porque todo analista financiero sabe que esas deudas no podían ser pagadas. La pregunta para Wall Street es: si vas a jugar con deudas que no pueden ser pagadas, ¿como esperas salir ganando? Y sólo hay una manera de salir ganando, y es que el gobierno responda salga al rescate (…) Cada banquero que conozco sabía que los pŕestamos que estaban haciendo iban mal, pero siempre trataron de vendérselos a alguien más…

¿Pero cómo nos va a afectar a todos nosotros este asunto, aún si no somos gringos ni perdemos una casa? En primer lugar, México depende enormemente del comercio con los Estados Unidos. Sectores completos de nuestra economía, como el turismo, se verán afectados porque la gente que está perdiendo sus casas, los que están perdiendo sus empleos porque la empresa para que trabajaban invirtió mal o sus clientes cerraron porque invirtieron mal, todos ellos por supuesto no vendrán de vacaciones a México. Muchas empresas mexicanas de servicios tienen una gran cantidad de clientes en los EU. Las consultorías informáticas, por supuesto, pero no son las únicas. Estamos tan ligados a los Estados Unidos que si a ellos les da pulmonía a nosotros nos pega una gripota. Bueno, pues la noticia es que los EU tienen cáncer.

Creo que ya puedo intentar terminar este artículo, que resultó más largo de lo que esperaba. Todo esto es un fraude, un robo vil y vulgar ejecutado por los que más tienen en contra de los que sólo tienen su trabajo. Por eso Michael Hudson habla de “lucha de clases”, una frase que, cuando cayó el muro, pensamos que ya sólo existía en los viejos libros marxistas de texto. De nuevo: la lucha de clases existe y la estamos perdiendo.

Les dejo algunas referencias para los que quieran saber más:

La entrevista original a Michael Hudson fue la base para este texto.

A primer on the developed credit crunch: un artículo que explica, entre otras cosas, cómo de un montón hipotecas se logró crear un mercado gigantesco especulativo, mismo que finalmente colapsó.

Una explicación en dibujos animados del problema, simple y entretenida pero en inglés.

Una divertida entrevista. Disfrute de toda la frescura y el cinismo de un analísta de Wall Street.

Una buena amiga, Carmen García, tiene algunas recomendaciones para atravesar la crisis. A veces se nos olvida que todo esto tiene un impacto emocional y humano. Gracias, Carmen, por recordárnoslo.