Alejandro Escalante Medina's Weblocked

La vida, manantial de goces, PolíticaApr 17, 2007 7:07 pm

Monterrey se oscurece por la violencia y el sinsentido, y quizá el resto del país no esté mucho mejor. Tristemente, cuando la voces se alzan para reclamar, no siempre son atinadas. De hecho, muchas de las opiniones de estos personajes, a veces ostentados como “líderes”, no hacen más que demostrar de dónde proviene tanta oscuridad. ¿Y ahora, quién podrá defendernos? Nomás echen un ojo para documentar nuestro optimismo, como dice Monsiváis. Las citas provienen todas de una serie de entrevistas llamada “Voces de la paz” (sic), hechas por una publicación local de Monterrey llamada “Hora Cero”. Los subrayados son míos.

“Antes todos vivíamos con respeto, como hermanos. La gente de Monterrey es buena y los que vienen de otros lugares son los que hacen daño a la ciudad

Moishe Kaiman Goldman, Lider de la comunidad judía en Monterrey (nada mejor que la xenofobia en contra de la violencia)

“Fomentar el deporte es lo mejor que podemos hacer para evitar todo lo que está pasando actualmente”

José Maiz García, Presidente del equipo Sultanes de Monterrey (quien aprovecha la oportunidad para llevar algo de agua a su molino)

“Reconozco que sólo Dios puede hacer el cambio, y por mi parte sólo puedo clamar para que el Creador tenga misericordia y pase la tempestad”

Anastacia Jaramillo Esquivel, directora de la institución Casa Simón de Betania (ah, bueno… entonces ya no nos preocupemos…)

“Aún es posible ir a los restaurantes a cenar y que nuestros hijos vayan a la discoteca… hoy en día Monterrey tiene unos índices de seguridad superiores a Chicago, Houston o Nueva York”

Eduardo Velarde Ortiz, presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (sic!!) de Nuevo León (mientras yo pueda seguir siendo totalmente palacio y no estemos peor que mi querida Texas, god forbids, lo demás se pude ir por el caño…)

“… mi padre era un hombre recto y de mano dura en el que confiábamos toda la familia, sentíamos protección y confianza. Creo que ésa es la misma función del Gobierno (sic), brindarnos seguridad y confianza, como un padre de familia”

Cuauhtémoc Zamudio, escultor (querido Franco, querido Augusto, los extrañamos todos…)

No todo es sombra. Hay que reconocer a aquéllos que tratan de mantener la lucidez a pesar de todo:

“El problema que estamos viviendo lo estamos generando todos con nuestro egoísmo y falta de solidaridad…”

Héctor Benavides Fernández, periodista de Multimedios Televisión (quien predica en el desierto, literalmente)

Informática, La telaraña 6:25 pm

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LiteraturaApr 06, 2007 11:40 am

Este es un cuentito que escribí hace muchos años y que creía perdido. Ahora que lo recupero, mejor lo pongo en línea de una vez. Ojalá les guste.

Empezó a amanecer. Aún temblando jaló las sábanas y deslizó su cuerpo hasta quedar inmóvil, hundida su cabeza en la almohada. Sus manos se aferraron al borde terso del cobertor. Sobre la piel de su mejilla había corrido, desde la comisura del labio, un hilo de sangre delgada. Delineó con la mirada el contorno oscuro de la cómoda donde yacía húmedo y maloliente, su maltratado vestido. Repasó de nuevo las imágenes de esa noche, los largos callejones perdidos en el vaho de las alcantarillas, la luz apenas suficiente para seguir a la chica que, aunque no la había descubierto, aceleraba su paso cada vez más, mirando aprensiva en todas direcciones. La había acechado desde la estación del metro. La desesperación la había llevado a ocultarse con extremo cuidado, a medir sus movimientos sin perder la silueta apenas recortada contra el fondo negro de las calles.

Por fin creyó encontrar el lugar adecuado. La miró sin vacilar junto a un portón que al parecer, conducía a una vecindad. La alcanzó y adivinó en sus ojos —la luna iluminaba débil sus pupilas— un grito que no alcanzó a sonar. Le golpeó la cabeza con un pedazo de madera que había levantado. El cuerpo se desvaneció pero ella alcanzó a rodearle la cintura a modo de librarla de otro impacto. Por un momento se detuvo cansada, habían sido muchos días de continencia. Miró los largos y brillantes cabellos de la chica. La nitidez de su piel. Siguió la línea de sus cejas hasta la estrecha nariz. Sus manos recorrían por debajo de la blusa que se había levantado, la piel intensa de su espalda. La recostó en el suelo mojado y sacó de su bolsillo una afilada navaja que brilló entre sus muros. Volvió a contemplar su cuello dulce e indefenso, pero finalmente se decidió por la muñeca. La incisión liberó una sangre tibia y salada que bebió con apresuramiento mientras le acariciaba los muslos y el llano del vientre. Con un trozo de su falda cortó la circulación a la altura del antebrazo. La miró por último recostada con las baldosas y besó tímidamente sus labios. Había sido su primera vez.

Segura en aquel cuarto hundido en la alborada, recordó cómo había sido para ella. Cómo Claudia, su adorada, su amiga para siempre, la había mordido, ella sí en el cuello, una noche de luna en que habían terminado ebrias y perdidas en algún hotel desconocido. Recordó su poca resistencia ante esos ojos expertos que habían desvanecido todas sus defensas. Al término de aquella noche, cuando la claridad amenazaba la quietud del cuarto y Claudia se había levantado a cerrar la cortina, ella, enfrentando su nueva condición, le había preguntado:

—¿Qué vamos a hacer con el sol que está entrando?

Claudia, besando su frente y acariciando los puntos morados en su cuello, respondió:

—No te preocupes. Dormiremos con la luz.