Muy bien, pues como medio acabo de hartarme de Microsoft y su egocentrismo, y además ya tiene un rato que no escribo nada en este espacio, le dedicaré unos minutos a platicar de mi primera experiencia en el gotcha, ese juego que consiste en balacearse los unos a los otros con pintura, usando unas pistolas de CO2 comprimido.
Fue hace unos quince días y, la verdad, estuvo muy divertido. Es un juego de guerra, y seguro que habrá por ahi pacifistas extremos que no lo verán con buenos ojos. Pero no deja de ser un juego, el problema, en todo caso, estaría en aquél que no sabe distinguir entre un juego y la realidad. Y en serio es divertido, si uno está dispuesto a pasar por alto el dolor del pelotazo en el cuerpo, y por supuesto el riesgo de un mal golpe, aunque uno se protege con algo de equipo especial, como una máscara similar a las que se usan en el motocross, por ejemplo.
Y es que durante la mayor parte del tiempo que hemos existido en esta tierra, hemos sido cazadores. Es lógico que algo nos quede todavía, ¿o no? La parte divertida está en el acecho, en andarse escondiendo, en la adrenalina que se genera por la inminencia del “enemigo”. Los pelotazos duelen lo suficiente para cuidarse, pero no para evitar arranques de heroísmo que hacen emocionante el encuentro.
Nos reunimos por La Huasteca, en una cañada natural. La ventaja que tiene sobre un campo hecho ex-profeso para este juego es que aquí los rincones para esconderse y cubrirse son múltiples y responden a las irregularidades del terreno. No son un montón de llantas en cierto lugar predefinido, donde uno sabe de antemano que se esconderá el equipo contrario. Supongo que con el tiempo uno se familiariza con el terreno, pero no deja de ser mucho mejor que en un campo fabricado. Ahora también: un campo prefabricado no está lleno de nopales, lechugillas y demás flora poco adecuada para andarse arrastrando. Muchos terminaron llenos de espinas y arañazos. Supongo que la idea es usar unos buenos guantes y ropa gruesa.
Quizá lo más incómodo de todo fue la máscara, aunque nunca se me ocurriría quitármela. El problema es que la visión se complicaba muchísimo porque el plástico estaba muy rallado. El equipo que llevan para rentar no está en las mejores condiciones. Uno se puede sentir un poquito en desventaja con su máscara horrible y su pistola stock. Los más avezados llevan su propio equipo, caro, por cierto, y lo aturden a uno con ametralladoras y miras láser. Aunque la habilidad, a decir verdad, vale mucho, es difícil, por ejemplo, enfrentarse a un cuate que lanza tal cantidad de disparos que uno no puede ni asomarse para contestar. Cuando quise nada más sacar la pistola para lanzar un tiro me dieron en la mano. Ouch.
También se necesita condición. Modestia aparte, me dió gusto ver que mis cinco kilómetros diarios en la escaladora de diciembre para acá me permitieron aguantar toda la tarde. Fueron como cuatro o cinco juegos.
En fin, que lo recomiendo para los que les gustan las emociones fuertes y el color morado sobre la piel.