Escribo esta nota a una hora inapropiada del domingo (o más bien lunes) porque no dejo pensar en la situación de un buen amigo y excelente programador a quien respeto y admiro. Es una situación que creo que desgraciadamente se va a volver más y más común, y no obstante la haya tratado en anteriores ocasiones en estas mismas páginas, siempre vale la pena retomar.
Mi amigo quizá se quede pronto sin empleo debido a que la empresa para la que trabaja, una consultoría de cierto renombre, tiene entre sus manos un recorte que involucra al área de desarrollo. Al parecer, ya no están interesados en hacer software, sino en dar servicios de asesoría, consultoría y ya saben, todo eso que no tiene que ver con hacer software, sino con solamente usarlo. Mi amigo es un desarrollador de software… yo diría que nato. Eso es lo suyo, lo hace mejor que la mayoría de la gente que conozco, y además no sabe hacer otra cosa (al menos no que yo sepa, aunque quizá tenga alguna otra habilidad que desconozco). Yo diría que es tan bueno precisamente porque no hace ni nunca ha aprendido a hacer otra cosa. Y es que ser un buen programador no es sencillo. No es algo que uno diga, bueno, entre semana soy un carpintero excelente, pero los fines de semana soy un desarrollador de software genial. Se requiere talente, esfuerzo, estudio, y bueno, qué les digo yo a ustedes que sé que me leen.
Las opciones de empleo de mi colega serán reducidas cuando el filo de la navaja lo alcance. Hacerse consultor será una de ellas, aunque pasaría a competir con los montones de consultores de cuanta disciplina existe. Tendría que desarrollar otras habilidades por supuesto: de comunicación oral y escrita, de ventas, claro, porque algo que deben hacer los consultores, digase lo que se diga, es vender; de diplomacia y política, porque quién sobrevive en el mundo empresarial, que es donde los consultores se desenvuelven, diciendo lo que verdaderamente piensa.
Pero por supuesto siempre tendrá la opción de emigrar. Irse a donde sus habilidades como excelente programador de sistemas sí sean valoradas. A donde no lo vean como a un freak porque el sí sabe C++ pero no le interesa gran cosa lo que ROI signifique. Ayer que estaba viendo la televisión me topé con un programa de Televisa que al parecer pretende de alguna manera celebrar el hecho de ser mexicano y de vivir en nuestro hermoso país, cuna de hérores y hombres ilustres. Conocí la historia de una maestra de toda la vida que, luego de educar a generaciones y generaciones de personas de bajos recursos, debería estar gozando de un buen retiro en compañía, quizá, de su familia. En cambio sigue en la escuela, seguramente demasiado anciana ya para en realidad trabajar. Liz la conoció y me contó que su cheque de liquidación había sido por cincuenta mil pesos, y encima se lo habían robado (aunque el gobierno, al parecer, en un noble gesto, repuso de alguna manera el dinero). Ahora sé por qué no se fue a su casa a descansar.
Pero lo que más me llamó la atención fue la dramatización de la historia de Miguel de Icaza, otro de los mejores programadores mexicanos. Se muestra su paso por la universidad, la incomprensión de sus compañeros ante sus habilidades y sus objetivos (segun el brillante guionista); el rechazo a la oferta que le hiciera Microsoft para trabajar con ellos y finalmente la fundación de Ximian y su compra por parte de Novell luego del éxito de Gnome. La historia de éxito de Miguel debería de llenarnos de orgullo. O al menos es lo que parecen pensar los que están detrás de la campaña “Celebremos México” y Televisa. Yo necesito que alguien me explique por qué debemos celebrar el hecho de que un notable cerebro mexicano que no encontró oportunidades de desarrollo ni siquiera en la Universidad Nacional, donde trabajaba como asistente técnico, tuviera que salir del país —a donde, por cierto, no planea regresar muy pronto&mdash, para en otro país fundar una compañía, generar un movimiento de orden mundial y ser reconocido como una de las personas más influyentes de latinoamérica. Hasta la fecha, Miguel de Icaza no tiene un título profesional. A lo mejor me estoy poniendo muy imbécil, pero creo que es una deuda que tarde o temprano el país tendrá que saldar con él. Por lo menos un mugroso título para que en realidad se le reconozca algo. Y que conste que, como muchos de ustedes saben, yo conocí a Miguel y estuve cerca de algunos de estos momentos “históricos” porque fuimos compañeros en Ciencias y además participamos en las primeras reuniones del grupo de usuarios de Linux de México.
Pero el caso es que todo esto me molesta y me preocupa porque, al igual que Miguel y mi amigo al que obviamente no quiero mencionar para evitar cualquier represalia (este mundo está loco), yo no sé hacer otra cosa que programar sistemas. Incluso después de todo por lo que he pasado gracias a la visión y el profesionalismo de muchas empresas para las que he trabajado, aún me encanta hacer mi trabajo. Y no obstante que ahora mismo esté trabajando para una empresa excelente, con visión, empuje y las ganas de apostar por la inteligencia y la capacidad de los mexicanos, sé que estoy en una empresa de excepción. La volatilidad del mercado global de la informática podría hacer que mi mundo diera una vuelta para enfrentarme, de pronto, a una situación similar a la que describí al empezar esta nota: desempleado, desempolvando el traje para ver si me aceptan de nuevo como consultor. Yo tampoco tengo un título. Aunque fui a la Universidad, un señor apellidado Cabal Peniche le tiró la primera piedra a mis planes para titularme. De ahí se soltó todo el pedrerío y, aunque sobreviví, mis opciones de migración son muy, pero muy reducidas. Al menos mientras no me titule.
Ahora que estoy a punto de tirar a la basura mi vieja contestadora telefónica, el recuerdo de uno de los mensajes que no quise borrar, aunque tuviera más de ocho meses de viejo, me dolió un poquito. Ahí mero donde se aloja la nostalgia de lo que no fue ni será. Lo escuché por última vez antes de jalarle al cable. Era una voz con acento de Miami que lamentaba que los abogados no hubieran podido hacer nada para conseguir mi visa y darme el trabajo que estaban tan interesados en que yo aceptara. Me pedía que viera por alguna forma de conseguir mi título. Me ofrecía esperarme casi, casi, el tiempo que fuera necesario, puesto que mis capacidades y experiencia me hacían muy atractivo. Finalmente la oportunidad desapareció cuando la empresa que quería contratarme fue comprada por uno de los grandes. Oh, no se preocupen por mi amigo venezolano, sé que él está muy bien. No quedó desempleado ni mucho menos.
Esta historia no suelo contarla porque me da un poquito de vergüenza. No porque no haya tenido un título, eso nunca me ha avergonzado, sino porque por primera vez me enfrente a la posibilidad de tener que dejar mi país, y no podía simplemente agarrar mis cosas e irme; tenía que, de alguna manera, justificarme ante mí mismo la decisión de irme a vivir a un país con el que no comparto una cultura ni una forma de ver el mundo. Pusé todo en la balanza y, he allí lo que me dió la vergüenza. Encontré que debía largarme porque México quizá no valía la pena.
Como esto no es un ejemplar del Lágrimas y Risas, les prometo que no pasaré del presente párrafo y termino nada más por redondear la idea, que es que yo sí quisiera celebrar a México, con todas mis ganas, pero no puedo. No mientras el futuro se me presente así de incierto. No mientras sigamos regodeandonos en nuestras dichosas grandezas pero al mismo tiempo sigamos siendo los que sirven las mesas pero no poseen el restorán. Los que riegan el pasto pero no los que manejan el carrito de golf. Los que pintan las casas pero no los que las construyen. A final de cuentas, los que están esperando nada más las sobras del pastel.